Fue un aberrante ser, aberrante como aquellos que viven sumidos en
el miedo que los corrompe y los limita, un ser que existe sin existir; un ser que
teme a todo cuanto conoce y desconoce, que teme hasta de sí mismo. Aquel que siente
miedo del hombre misterioso que se acerca caminando lentamente por la avenida;
de cerrar los ojos en la ducha por miedo al rostro que tal vez aparecerá detrás
de su cortina cuando los abra; de la oscuridad, que sin darse cuenta circunda cada
milímetro de su alma; del hombre que a la vuelta de la esquina le espera para
escarbar su pecho con un afilado e insensible puñal tantas veces como pueda,
tantas como desee, buscando en ese arrugado corazón el origen de su alma y
satisfacer la sed de venganza para con la humanidad segando una vida inocente.
¿Inocente dice?
Tal vez la más
culpable de todas las vidas por estar corroída por el óxido dañino del miedo; miedo
de probar aquel sabor que no conoce para evitar las arcadas que tal vez le
producirá; aquel miedo de mirar al espejo repentinamente y encontrarse con algo
más que el reflejo de su asqueroso ser; miedo a cruzar la acera con el semáforo
en rojo; a dirigirle la palabra a aquel personaje simpático que se sentó a su
lado en el microbús; a ser engañado por un amor; a verse diferente por un día
en el espejo; miedo a todo.
Culpable por callar
para no ser señalado, absteniéndose para no ser criticado. Culpable porque se
limita a su pequeño cubito al cual se atreve a llamar vida, en el cual se
siente más inseguro que en el mismo exterior.
Ése mismo…
Trabaja en una oficina del gobierno en la calle Maipú girando por la avenida 32 al sur, muy cerca de su cuarto, arrendado en un sucio y
desecho motel lleno de plagas y goteras -como su consciencia-. Tal vez por eso
se siente seguro allí y no en otro lado.
Vive en el miedo
desde que a sus cortos 6 años de vida -siendo un niño retraído y que apenas
empezaba a florecer- presenció como un carro aplastaba sin compasión la cabeza
de su mejor amigo, un niño feliz y activo con una mirada profunda que irradiaba
su alegría de vivir, cuyas carcajadas contagiaban la alegría de estar vivo sin
pensar en los problemas de ayer ni en la miseria de su entorno, con un futuro
prometedor y una prodigiosa habilidad para jugar a las canicas.
Noche a noche sus
sueños le recuerdan la imagen incesante y cruda de aquella maldita llanta, que
en cámara lenta desfiguraba de a pocos ese feliz y virgen rostro, ahora lleno
de un profundo y momentáneo dolor. La imagen de ese pequeño cráneo que se abría
en mil pedazos, disparando sin compasión los sesos que contenía, dibujando en
el pavimento una desgraciada obra que jamás tuvo que ser pintada, salpicando la
cara y zapatos de ese niño retraído que observaba aquella macabra y dolorosa
escena.
Día tras día se
repetía en su mente la misma imagen, aun en su adultez, cuando sus cansados
pasos y jorobada columna lo llevaban de vuelta a casa con el nerviosismo que desde ese día cargaba en su
conciencia.
Una tarde rutinaria de un nublado y
melancólico otoño despertó aquel hombre cansado de su miserable existencia, sintiéndose
triste de no tener a alguien para narrar todas sus penas. Se sentó al borde de
su cama y con mucho cuidado, apoyando un desnudo y tembloroso pie en el frío suelo, agarró un lapicero y con buen pulso y letra clara escribió en la hoja de
su viejo cuaderno de cuentas:
“Si la
reencarnación no existe, el infierno ha de ser un lugar caluroso”
Seguido a esto sacó
aquella botella de ginebra que hace un tiempo guardaba para un momento especial
y bebió casi la mitad de ella con una insaciable sed. Después de un par de
arcadas como las que temía, tomó su
viejo cinturón de cuero, lo amarró a la baranda de aquel balcón al que nunca
salía y ya embriagado por los recuerdos de su pobre vida y la media botella de
ginebra que acababa de ingerir de un sorbo, gritó con todas sus fuerzas:
“A la
mierda Dios, no le daré el placer de seguir viviendo”
Amarró con fuerza
el cinturón a su cuello y saltó del balcón de aquel hotel barato con la
agilidad que nunca lo acompañó sin pensarlo dos veces.
Mientras una
lagrima se deslizaba suavemente por su mejilla, el hombre patéticamente
pataleaba intentando devolver sus actos; pataleaba arrepentido buscando
inútilmente el suelo que se encontraba 6 metros por debajo de sus desesperados
pies y su conciencia le gritaba:
¿Qué estás haciendo? ¿Por qué? ¡Nooooooo! ¡Sálvate!
¡No me hagas esto!
En ese momento el resto de la ciudad afanada
en su caos infernal por los problemas del día a día, por los dioses, por las vidas
vacías, por las angustias y por el tiempo, continuaba con su ritmo normal…
Su alma sentía tranquilidad. Había superado su
miedo a la muerte; todo estaba hecho...